lunes, 28 de abril de 2014

Lola



Lola recorre las calles buscando
amoríos de mercadeo.
Desde su ya lejana juventud,
desde hace tanto tiempo ya,
que apenas le queda el recuerdo.

El paso de los años se refleja inexorable
en los surcos de miseria y decepción
que la vida ha dibujado
sobre su curtido y ajado semblante.

Como cada anochecer,
Lola, ocupa su plaza en una esquina
preñada de corrientes y humedad,
donde reinan los olores de fritanga y sudor,
la música estridente de las gramolas
y el vocerío infernal de las tabernas.

Desde su esquina contempla
la mirada esquiva de los impúberes amantes,
que deambulan en pos de su primer lance genital,
el paso furtivo de los adúlteros 
adoradores de almas corrompidas
y el zigzagueante caminar
de los borrachos perfumados de absenta,
que se pierden en la oscuridad del angosto callejón
entre el revoloteo acelerado de los murciélagos.

Lola, tras una velada ausente de caricias,
camina con pasos perdidos bajo la lluvia,
por las callejuelas vacías, de regreso al hogar,
flirteando con la luz tintineante de
los soportales y la penumbra,
envuelta en el humo azul del tabaco,
mientras la lluvia acaricia su cara
en una sensación que ella nunca olvida.

Humedad, noche y absenta son sus amigas...
Esta noche, una vez más, la soledad será su amante.


“Lola”
(Culminación de la metamorfosis)

That Is The Question...

El "Botifler" diu que la tercera via és la única sol.lució, y això em té desconcertat ja que de vies hi ha vàries:
Via Laietana, Via Júlia, Via Augusta, Via Favència i Gran Via. I això que no tinc en compte el Via Veneto, ja que es passa del  meu presupost.

Deseo contenido

Debes saber, gacela mía,
que aun cuando
aparente ser manso en
tu presencia,
no me resultan, para nada,
indiferentes
la silueta recortada de tus piernas
ni las colinas suaves de tus senos.

Puede que una noche de estas,
como el que nada pretende,
me despoje de la piel
de cordero que me ampara
y sientas sobre tu cuello y pezones
el aliento y las garras
del lobo que te habla.



"Deseo contenido"
(Pintando palabras)

Doña Patricia de Azpilcueta (La Generala)

Doña Patricia de Azpilcueta
decidió declararle la guerra
al desamor, una mañana estival.

Empuñó el afilado sable del orgullo
-que según las maledicientes lenguas,
fue el presente de un amante
general que vino de Macondo-
y presta a la batalla,
se enfundó un casaca raída,
bordada de rojo y negro;
tarántulas de oro le puso
por charreteras,
y en sus sombrías mangas:
orugas de plata por adornos.

Doña Patricia de Azpilcueta,
tocó a degüello con el clarín
del desafecto, y retirándose
a sus desvencijados
cuarteles, en Torreón,
hizo frente a los reales del
Charrasqueado traidor.

Y cuentan los campesinos que,
en el fragor de la contienda,
sus palabras y lamentos retronaron
como el cañón,
y que, La generala, rodeó
con una punzante empalizada
de alambre de espino,
el quebrado castro de su corazón.

Un anochecer de invierno
tras arduos meses de contienda,
cesaron los redobles de tambor;
el estruendo del cañón enmudeció
para siempre en la lejanía;
se disipó el olor a pólvora quemada
y con él, los humos de la batalla.
Doña Patricia de Azpilcueta,
abrió con cautela
las quebradas hojas del portón,
y dejando pasar la rutilante
claridad de las estrellas,
por las rendijas de luz
de las troneras,
asomó su cansado rostro al exterior
hallando clavada en su verja
un perfumada carta en la que
un capitán de dragones,
conocedor de la belleza
y valor de La generala,
a su paso por la hacienda
cuando regresaba de otra remota campaña,
le dedicó un sentido poema
en señal de respeto y admiración.

Tras leer el poema, y estrechando
en la más íntima
hendidura de su alma
la perfumada carta,
La generala, alzó su copa vino en la nada
y brindó con ella por el final de la contienda.

Entonces,
Doña Patricia de Azpilcueta,
enterró el sable en el lodazal,
arrancó de la guerrera
sus arañas de generala
y las retorcidas orugas de plata;
cambió los rojinegros de pana
por rasos de vino verde y oporto,
con arabescos de ámbar;
sustituyo los cañones de hierro
bajo el alféizar de su ventana
por matas de adelfas y enhebro,
y por rosales, la empalizada.

Y así, Doña Patricia de Azpilcueta,
pudo observar entonces que,
las golondrinas del paisaje,
se posaron de nuevo en la alambrada,
trinando a la oscuridad,
que preñó de luciérnagas su
cabellera enredada.

Lo que antaño se le antojaron hojas secas
agitadas por el viento,
se tornaron, como por encantamiento,
en nocturnas mariposas.

En las charcas de lluvia de agua clara,
que heredaron las vacías trincheras
tras la tempestad de la batalla,
volvían a croar las ranas
a la lunática luna blanca.

Y fue así que, los labios sedientos
de La generala, besaron
de nuevo, las fuentes del amor.


“Doña Patricia de Azpilcueta”
(Pintando palabras)

“A Nancy Patricia Azpilcueta.
Con todo mi afecto, por estar al otro lado”


Pueblo blanco

Por las empinadas callejuelas
del pueblo blanco,
que se recorta en la serranía,
corretean los niños haciendo
rodar sus aros de metal
sobre su irregular adoquinado.

En la plaza,
en medio de bulliciosos cánticos,
juegan al corro las muchachas,
ataviadas con cortos
vestidos de lino
y toscas sandalias blancas.

Sus desordenadas guedejas
danzan al viento serrano del estío
acompañadas por el
incesante repiqueteo,
de los cascos del asno
del alfarero, sobre el
resbaladizo empedrado
de abrevadero,
y el violín desafinado
de las cigarras
que habitan las eras.

Manuel, oculto a la sombra
de la iglesia, las observa
protegiendo sus ojos de la luz
bajo la visera aparasolada
de su mano.

Fija su mirada en Andrea,
la muchacha de
largas trenzas
y frágiles piernas bronceadas,
por la que suspira enamorado.

Sí me descubre –dice-
no tendré más escapatoria
que la pared encalada.

Sí, me ocultaré en ella
para dejarme secuestrar
por los rayos tardíos del sol,
y quizá mañana,
cuando amanezca
y Andrea acuda de nuevo a jugar,
pueda acariciar 
sus atezadas piernas largas
sin que ella me vea.


“Pueblo blanco”
(Pintando palabras)

Cielo y océanos...

El cielo y los océanos ,
 tomaron el color de tus ojos
 ...Y los hombres soñaron con volar
 y con surcar los mares.


"Cielo y océanos...”
(Trazos del corazón)

Mambrú no fue a la guerra




Mambrú no fue a la guerra.
Mambrú dejó el fusil
y el viejo zurrón
al abandonar la trinchera,
y arrancando trinchas y galones,
de su raída guerrera,
Mambrú dejó la guerra,
sin dolor, sin dolor,
sin pena.

Sí, Mambrú no fue a la guerra,
porque no era esta su guerra,
ni la del otro,
aquel pobre infeliz,
a quien los de arriba,
se empeñaron en llamar enemigo.
Así, pues, Mambrú se preguntó:

Por qué había de combatir
en aquella horrible guerra
defendiendo un viejo trapo de color.

Por qué segar la vida
del soldado carpintero,
del maestro huérfano de alumnos,
del campesino sin cosecha,
o del iluso poeta.

De quién podía ser, pues,
aquella sucia y sanguinaria guerra
que sólo traía dolor y penas.

Sí, Mambrú no fue a la guerra
en la que nadie venció.
Todos perderán en ella, se dijo,
al abandonar la trinchera,
todos perderán menos yo:

La madre perderá al hijo
y también al esposo,
y el hijo perderá al hermano
y al padre,
y también al amigo,
y a la madre,
y la hacienda,
y la vida,
y la sangre...

Todos perderán en esta
absurda guerra,
Unos perderán más,
algo menos los otros, quizá.

Donde está, pues, el honor
De luchar por un banquero o
Por un rico armador,
Un trapo, una petrolera,
O por un dios.

Y abandonando el fusil
en la trinchera,
Mambrú dejó la guerra,
sin dolor, sin dolor,
sin pena.


“Mambrú no fue a la guerra”
(Pintando palabras)