lunes, 28 de abril de 2014

Pueblo blanco

Por las empinadas callejuelas
del pueblo blanco,
que se recorta en la serranía,
corretean los niños haciendo
rodar sus aros de metal
sobre su irregular adoquinado.

En la plaza,
en medio de bulliciosos cánticos,
juegan al corro las muchachas,
ataviadas con cortos
vestidos de lino
y toscas sandalias blancas.

Sus desordenadas guedejas
danzan al viento serrano del estío
acompañadas por el
incesante repiqueteo,
de los cascos del asno
del alfarero, sobre el
resbaladizo empedrado
de abrevadero,
y el violín desafinado
de las cigarras
que habitan las eras.

Manuel, oculto a la sombra
de la iglesia, las observa
protegiendo sus ojos de la luz
bajo la visera aparasolada
de su mano.

Fija su mirada en Andrea,
la muchacha de
largas trenzas
y frágiles piernas bronceadas,
por la que suspira enamorado.

Sí me descubre –dice-
no tendré más escapatoria
que la pared encalada.

Sí, me ocultaré en ella
para dejarme secuestrar
por los rayos tardíos del sol,
y quizá mañana,
cuando amanezca
y Andrea acuda de nuevo a jugar,
pueda acariciar 
sus atezadas piernas largas
sin que ella me vea.


“Pueblo blanco”
(Pintando palabras)

Cielo y océanos...

El cielo y los océanos ,
 tomaron el color de tus ojos
 ...Y los hombres soñaron con volar
 y con surcar los mares.


"Cielo y océanos...”
(Trazos del corazón)

Mambrú no fue a la guerra




Mambrú no fue a la guerra.
Mambrú dejó el fusil
y el viejo zurrón
al abandonar la trinchera,
y arrancando trinchas y galones,
de su raída guerrera,
Mambrú dejó la guerra,
sin dolor, sin dolor,
sin pena.

Sí, Mambrú no fue a la guerra,
porque no era esta su guerra,
ni la del otro,
aquel pobre infeliz,
a quien los de arriba,
se empeñaron en llamar enemigo.
Así, pues, Mambrú se preguntó:

Por qué había de combatir
en aquella horrible guerra
defendiendo un viejo trapo de color.

Por qué segar la vida
del soldado carpintero,
del maestro huérfano de alumnos,
del campesino sin cosecha,
o del iluso poeta.

De quién podía ser, pues,
aquella sucia y sanguinaria guerra
que sólo traía dolor y penas.

Sí, Mambrú no fue a la guerra
en la que nadie venció.
Todos perderán en ella, se dijo,
al abandonar la trinchera,
todos perderán menos yo:

La madre perderá al hijo
y también al esposo,
y el hijo perderá al hermano
y al padre,
y también al amigo,
y a la madre,
y la hacienda,
y la vida,
y la sangre...

Todos perderán en esta
absurda guerra,
Unos perderán más,
algo menos los otros, quizá.

Donde está, pues, el honor
De luchar por un banquero o
Por un rico armador,
Un trapo, una petrolera,
O por un dios.

Y abandonando el fusil
en la trinchera,
Mambrú dejó la guerra,
sin dolor, sin dolor,
sin pena.


“Mambrú no fue a la guerra”
(Pintando palabras)

Peces de fuego

Buscaste el lugar preciso
en donde apoyar la cabeza:
entre los hombros y el cuello.

Mis brazos, como la hiedra,
rodearon tus caderas con firmeza,
quedando mi cuerpo
tan cerca de tu cuerpo
que no podía verte
sino a través de tu perfume
y tus latidos.

Alzaste la vista en la penumbra
buscando un destello de luz
en mi mirada y, acercando
tu boca  a mi oído,
casi rozándome con los labios,
me dijiste: ¡Te quiero!

Y fue en ese preciso instante
que se quebraron los miedos,
y tus palabras, como incisivos
peces de fuego,
nadaron por mis  venas
hasta clavarse en mi pecho.


“Peces de fuego”
(Pintando palabras)

Rey de terciopelo negro

Te observo cada mañana
antes de salir a la calle empedrada
del viejo barrio del raval.
Estás ahí, quieto en el portal,
tú, rey de terciopelo negro,
príncipe de la ventana,
monarca absoluto del zaguán.
Me contemplas taciturno
con los ojos abiertos
de par en par,
como dos enormes platos en la oscuridad.
Con gesto lento y señorial
te alzas sobre tus cortas patas,
frunces el hocico para husmear
el aire a tu alrededor,
como queriéndole robar el aroma,
y alertas tus diminutas
y puntiagudas orejas
como quien espera cazar las palabras.
Repentinamente se abre tras
de ti la puerta.
¡Un sobresalto!
Raudo y veloz te das la vuelta.
Se detiene el tiempo en un tris,
un instante nada más,
y permaneces quieto y expectante.
Tu cuerpo se arquea como
sacudido por un rayo fugaz:
fuuuuu.....
-se escucha amenazante tu bufido-
¡Oh, gato de sal!
¡Príncipe de los mininos!
-falsa alarma-
Es doña Teresa,
la anciana portera,
que como cada mañana
te lleva tu sopa diaria
de leche y pan,
depositándola en tu plato,
en un rincón del portal.
Con paso corto y veloz,
al igual que un legionario,
te acercas a ella
que tiende hacia ti su mano
para que tú,
joven rey de terciopelo negro,
príncipe de la ventana,
monarca absoluto del zaguán,
entre tímidos ronroneos
te dejes acariciar.
Olisqueas la tibia sopa
sumergiendo en ella
tus largos bigotes finos
y tu lengua rasposa.
Tras el copioso festín
te acomodas sobre el cojín
que hace las veces de trono,
mulléndolo con tus zarpas
y girando sobre ti mismo:
una, dos, tres veces...
hasta quedarte quieto.
Satisfecho, te desperezas
estirando tus negras patas
y me miras de reojo,
interrogante,
con tus grandes ojos de felino,
esperando mi aprobación.
Luego, maúllas agradecido,
relames tus manos de carbón,
y con la panza llena,
esperando las caricias del sol
te acuestas en tu trono de lana vieja,
tú, joven rey de terciopelo negro,
príncipe de la ventana,
monarca absoluto del zaguán.


“Rey de terciopelo negro”
(Trazos del corazón)

Dama

Dama vanidosa y soberbia,
de casta rancia y orgullosa,
tienes del junco la gracia
y la apariencia de la rosa.

Rosa de Alejandría,
con pétalos de viento y arena,
conjugas fragancia y espinas
¡OH, caprichosa  veleta!.

Veleta, que ayer,
los vientos bebía por mí:
en oso de trapo, y cobija,
sin querer, me convertí.

Convertí mis palabras
en reproche y anatema.
¿qué ofensa te proferí,
que al olvido me condenas?

Me condenas como al preso
al que niegas agua y luz,
como al humilde carpintero
que un día subió a la cruz.

Cruz, la que llevo contigo,
pues tus cambios de humor ya no entiendo.
Pongo al cielo por testigo,
y por destierro...¡Al infierno!



“Dama”
(Trazos del Corazón)


“Para Ana María Fornells,

 flor de la canela
 y luz del Paraguay”




Tic-Tac

Tic-tac, tic-tac...
Se desgranan en mi mente
los minutos del reloj
los recuerdos.
Ya no me acuerdo del instante
en que te hablé por primera vez,
el día en que fuiste mía,
sólo mía,
mi amor eterno, mi sueño,
mi amada mía...

Tic-tac, tic-tac...
Le arrebatan la vida al tiempo
las manecillas de acero,
golpeando mis sienes
con el vaivén de los recuerdos.

Te siento junto a mí,
en mi pecho, en mi interior,
muy dentro de mí...
Sí, siento tu piel sobre mi piel,
tu respirar sereno
al compás de mis latidos.

Estás aquí, sobre el lecho,
te duermes abrazada a mí,
apoyas tu cabeza sobre mi pecho;
entonces, yo, te observo,
hermosa vestal durmiente, y
a rozar tus cabellos
apenas me atrevo,
te beso, cierro los ojos, y...¡Sueño!.

Tic-tac, tic-tac...
Ya nada importa,
ni el espacio, ni el tiempo,
nada importa ya,
los segundos a tu lado
se hacen eternos.

Eres mía, nada más mía,
mía nada más.

Tic-tac, tic-tac...
Le arrebatan la vida al tiempo
las manecillas de acero,
golpeando mis sienes
con el vaivén de los recuerdos.



“Tic-Tac…”
(Trazos del corazón)